Creadas por los hombres con el fin de ser las depositarias de su fe, su devoción, su destino de pobres mortales; pero también hay ídolos de carne y hueso.
Personas a las que consideramos tan extraordinarias, tan de una sola pieza, que al igual que a esas figuras de barro o piedra las convertimos en objeto de nuestra devoción.
Y al hacerlo, los obligamos a cargar con la responsabilidad de no fallarnos, de cumplir con siempre con nuestras expectativas, con pena de ser derribado de nuestro pedestal.
Porque no hay peor traición que la de un ídolo que se rebela para mostrarse ante nosotros, tal y como es.
Los ídolos se crean, se veneran y luego se destruyen.
Los ídolos caen por su propio peso o son sustituidos por otros, que habrán de caer también algún día, lo mismo que los ídolos de carne y hueso, que se derrumban en el momento mismo en que defraudan a sus adoradores.
¿Qué queda cuando un ídolo se derrumba o baja de su pedestal por su propio pie? el vacío, la decepción, la perdida de la fe en el otro.
Que nos hacen preguntarnos... ¿en qué se puede creer entonces?
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